Con sólo 16 centímetros de alto, fue uno de los iconos muñequiles de los 80.

«Alina, la muñequita que camina», rezaba el anuncio.

La conseguí con su armario, su bañera y tres conjuntos, además del que ya llevaba puesto la propia muñeca. Todo ello nuevo y metidito en sus respectivos blisters. Cuando el dueño de la tienda me oyó decir que la quería para jugar casi le da un pasmo. Le tuve que prometer que abriría los envases con cuidado y los guardaría. Pero antes de eso, para convencerme, me contó la historia de un japonés que cada semana iba a su almacén de juguetes (un paraíso, dicho sea de paso) y después de gastarse una pequeña fortuna en artilugios que llevaban más de cuarenta años luchando contra la humedad, el polvo y la contaminación atmosférica para conservar su aspecto y calidad original, el tipo abría las cajas de cualquier forma, rompiendo incluso los plásticos que no era necesario destruir para sacar el producto, se metía lo que fuera que hubiese comprado en el bolsillo y se largaba del local abandonando los estuches como si no valiera nada el cuidado que durante décadas había puesto el vendedor para que el género apareciese ante él y ante cualquiera como los Reyes Magos lo hubieran dejado.

Este vendedor, uno de los más agradables y honestos que he conocido desde que me sumergí en la tarea de coleccionar muñecas, me explicaba la incomprensible actitud del asiático —incomprensible desde su punto de vista, claro— con auténtico dolor de corazón. Así que no pude más que darle mi palabra de que guardaría cada caja de cada muñeca, vestido, armario, bañera o artículo en general que me llevara de su negocio y, por supuesto, del negocio de cualquier otro vendedor de juguetes antiguos, por secula seculorum.